Día 10: Museo del Prado – Con el Alma Morir

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Siendo domingo, ni estando en España me dan ganas de madrugar por eso arranque a media mañana. Mates y tostadas. Música y un poco de diarios argentinos. Argentina jugaba a las 22, así que la idea era salir sobre la tarde.

Comimos unos sandwiches de jamón, queso y tomate. Era domingo; asado, pastas o sandwiches, otra no hay. Acomodamos un poco las valijas, aunque en definitiva armamos la que no vas a acompañar estos 5 días por París y Lisboa. Preparamos las mochilas y arrancamos.

Disculpen si no me detengo a partir de este momento a describir el museo y el parque. Ya verán el porque. Entramos primero a una muestra sobre El Greco. Obras de Picasso, Rivera y muchos artistas más. Luego fuimos al Prado. Domingo, 17:30, no se los recomiendo. Gente por todos lados. Idiomas incalculables, pero una pregunta que me surgió: ¿Cuántas de las personas que van a los museos entienden verdaderamente de arte? ¿Hace falta entender para ir? Hoy no me lo voy a poner a analizar, lo dejaré para otro día y ya verán porque.

Salimos y nos adentramos en los caminos del Parque del Retiro. Una belleza. Un lugar más que aprobado si uno quiere disfrutar del domingo al aire libre.

Y ahora si empieza la descripción en la que pretendo hacer hincapié. Aproximadamente a las 20 llegamos a la zona del Palacio de los Deportes, tres brasileros le metían bombo y canto envueltos en una bandera de la Torcida Canarinha. De a poco se empezaban a ver almas celestes y blancas, y de a poco se aglomeraban a 50 metros de la entrada principal. Aparecieron las cámaras de los canales nacionales y los cantos no tardaron en llegar, y con ellos más y más hinchas.

No les puedo explicar la sensación que genera estar lejos de casa pero a la vez sentirse tan cerca cuando te abrazas con uno que no conoces y no conocerás pero que tiene el mismo deseo que vos: cantar por los colores, sentirse como en casa, abrazarse y perderse en la euforia de los cantos y saltos que atraen a la gente que esta sentada en los bares y que se para para filmar a este puñado, que pasa a ser una masa móvil celeste y blanca que canta sin parar. Para que se den cuenta, Juli le preguntó a un español porque filmaban tanto. ¿Saben lo qué dijo? Porque estos cantan más que todo el Bernabeu entero. Claramente es una pasión que no se entiende, sino que se disfruta.

Creo no exagerar si digo que cantamos 30 minutos sin parar, y más de 6 o 7 cantitos diferentes. Las cámaras se fueron y cuando vieron que el número de argentinos crecía, volvieron a aparecer.

En la cancha el clima fue otro, un estadio inmenso, y estábamos repartidos en manchones. Unos por acá y otros más allá. Los brasileros no eran muchos, pero ni hablaban. Nosotros murmurábamos y algún cantito soltábamos.

Como dije antes, allá en los primeros días que escribí, análisis del juego no voy a hacer. Pero me voy a remitir a algunos pasajes para que entiendan un poco mejor los sentimientos. Con el primer cuarto de Argentina, las sonrisas florecían y parecía que podía ser más fácil de lo pensado. Ojo, lo digo por como empezó Brasil que daba la sensación de estar respetándonos demasiado.

El segundo cuarto no se cerró de la mejor manera, y los nervios en la gente se notaban. Nadie quería cantar, nadie se animaba. Yo llegue a ser risa de los españoles por estar solo parado, cantando y puteando, pero bueno estos muchachos van a la cancha a ver el partido sentados y vestidos como para ir al teatro, claramente la forma de vivirlo no es la misma y claramente hay un aspecto que les falta desarrollar: LA PASIÓN.

En el segundo tiempo la historia fue otra, Argentina entró dormida, Brasil con otra cara, con carra de perro hambriento y los basquetboleros sabrán que esa cara es la de Magnano que siempre quiere ganar. Nos pasaron por arriba, pero basquetbolísticamente, la actitud de los nuestros es la de siempre, la que nos tienen acostumbrado a mostrar, la de dejar todo por la camiseta, la de dejar todo por el compañero. Y eso se veía en Campazzo y su impotencia de no poder anotar, en la de Prigioni y su bronca por las faltas, en la del Luifa por saber que el día que más se lo necesitaba las cosas no le salían, pero el tipo en su cara, en sus ojos y en su mirada al techo demostraba que nadie se iba a ir más caliente que él.

Y acá fue cuando la gente entendió. Entendió que no podía callarse más, que estos guerreros (en sentido deportivo, porque nunca falta el que dice que el deporte no es una guerra) necesitaban ser reconocidos. Porque en 15 años jugaron 27 torneos, disputaron 23 semis, en 20 hicieron podio y en 7 fueron campeones. ¿Algo más? Si, le ganaron dos veces al Dream Team.

Entonces aunque hayamos perdido la gente se levantó de su butaca, levantó los brazos y alentó. Habíamos sido derrotados adentro, pero afuera cantábamos más que los brasileros que por fin nos habían podido ganar. Luifa daba vueltas por el estadio, solo, buscando una respuesta que la gente le dio. No ganaron hoy, pero ganaron antes y ganaron mucho. Y no solo títulos, sino también respeto. Y se ganaron el corazón de todos.

Por eso no describí el museo o el parque, quería describir esto. No se si me salió como esperaba, es difícil trascribir los sentimientos y más cuando no se tiene el talento suficiente para hacerlo. Pero estar ahí, a metros de ellos, verlos dejar la piel en cada pelota, enojarse porque las cosas no les salían y saber que el Mundial se iba, fue cuando me di cuenta que yo elegí con mi corazón naranja: CON EL ALMA MORIR.

Martín Gálvez

De San Antonio Oestes (Río Negro). Nacido el 17/01/1991. Periodista Deportivo. Estudiante de Lic. en Comunicación Institucional. En Gente de Básquet desde abril del 2013. Director de Hockey Bahia

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